octubre 20, 2026

“Homo homini lupus” reza la locución latina que describe al accionar del ser humano como egoísta y cruel. Popularizada por el célebre filósofo inglés, Thomas Hobbes en el De Cive (1642), la frase invita a reflexionar sobre la naturaleza conflictiva de los individuos frente a su propia especie. Siglos más tarde, con el devenir de la globalización, la pregunta es si siempre las personas hemos sido así o es el poder que termina por corrompernos. Quizás la respuesta sea mucho más incómoda.

Es que nuestra supervivencia nunca ha estado completamente desligada de la necesidad de imponernos sobre los demás. El ser humano ha construido civilizaciones, instituciones y sistemas morales bajo la promesa de domesticar sus impulsos más primitivos, pero en los hechos, continúa demostrando una extraordinaria capacidad para justificar sus propias miserias en nombre de un “bien superior” que jamás parece materializarse.

‘Digger’ de Alejandro González Iñárritu se erige sobre la contradicción entre el egoísmo humano y la posibilidad de redención. Cuando el mundo moderno amenaza con derrumbarse, siempre habrá alguien convencido de su propia excepcionalidad, tanto, así como para creer que es el único capaz de salvar al planeta, aún cuando también sea el responsable de su destrucción.

El filme se centra, en cierta forma, en la figura de Digger Rockwell (Tom Cruise), un magnate petrolero que, pese a su cuantiosa fortuna, vive casi que aislado de la sociedad. Su única compañía es Maggie, una añeja gata, cuya existencia ya parece asemejarse más a la de un androide que a un animal. Y Digger, en su soledad, se empecina a mantenerla con algo de vida. En medio de ese afán por jugar a ser Dios, Digger recibe la noticia de que uno de sus principales pozos petroleros ha explotado y, por si fuera poco, está al borde de ocasionar una catástrofe ambiental de alcance mundial.

Aquí es donde el guion plantea la principal encrucijada. El hombre solo parece volverse empático con el mundo cuando, por circunstancias que escapan a su control, la naturaleza termina por vengarse de sus acciones. Digger Rockwell es, en esencia, un ser que representa el egoísmo en su estado más puro. Pero, paradójicamente, quizás sea el único con la suficiente consciencia de las consecuencias de sus actos como para intentar detener la destrucción del planeta. González Iñárritu aquí, desde una óptica satírica y despiadada, no hace que el individuo se redima de sus excesos, sino que reoriente sus esfuerzos hacia un, supuesto, bien superior.

Aquí se desdibujan los límites entre la supervivencia colectiva y la preservación de los intereses individuales. ¿Vale la pena preservar el mundo a sabiendas de que hacerlo no cambiará la naturaleza de quienes lo habitan? ¿Acaso la gata moribunda no es también una paradoja sobre nuestra obstinación por aferrarnos a aquello cuya existencia ya no podemos prolongar de manera indefinida?

Quizás el mayor conflicto de Digger no es con la humanidad, sino consigo mismo. Porque detrás de sus pretensiones mesiánicas se esconde un individuo incapaz de concebir un mundo que continúe existiendo sin su intervención. La obsesión por mantener con vida a Maggie, la de controlar a su hermana Emma (fantástica, Sandra Hüller, en un rol breve y en un registro mucho más elevado que de costumbre) y hasta la de enfrentarse con el presidente Compson (John Goodman), adquieren una dimensión mucho más simbólica.

Detrás de todas estas caras se ve al magnate que es incapaz de aceptar los límites de su propio poder. La fortuna de Rockwell puede comprar voluntades, transformar territorios e incluso alterar el equilibrio natural, pero no puede permitirle controlar lo inevitable: la destrucción, la mismísima muerte.

Esta obsesión por la trascendencia tampoco resulta ajena a la filmografía del realizador mexicano. Desde el Riggan Thomson de ‘Birdman’ (2014) hasta el reciente, y criticado, Silverio Gama en ‘Bardo’ (2022), González Iñárritu ha demostrado una fascinación por erigir hombres que, consumidos por su propia excepcionalidad, buscan justificar su existencia mediante actos que consideran superiores a ellos mismos. Si Riggan necesitaba desprenderse de su pasado para demostrar que todavía merecía conocimiento, así como Silverio convertía sus crisis de identidad en una introspección autorreferencial, Digger lleva esta necesidad de validación a una escala planetaria. No alcanza con que la obra trascienda al individuo, sino que ahora se necesita que la supervivencia de toda la humanidad dependa de éste.

Sin embargo, Digger no se agota en los conflictos de su protagonista. González Iñárritu construye una obra de naturaleza coral, donde las voces que orbitan alrededor de Rockwell terminan por conformar un retrato colectivo de las miserias humanas. Aún antes de entender los giros, el realizador deja guiños en el espectador acerca de lo teatral de la puesta en escena, la sensación de asistir a una obra dentro de una obra, una intersección entre la realidad y la representación que se confunden hasta volver difusos sus límites. El realizador parece interesado no tanto en encontrar respuestas certeras, sino en multiplicar las preguntas, valiéndose de la exageración, el absurdo y una grandilocuencia que, por momentos, roza lo grotesco.

Al día de hoy, Digger podrá resultar pretenciosa y desmesurada. Otro intento del mexicano en poner foco en personajes egocéntricos e insoportables, ¡qué novedad! Sí, pero difícilmente pueda acusarse al guion de ser indiferente frente a aquello que pretende cuestionar. Un filme no va a ofrecernos respuestas a las grandes miserias del mundo contemporáneo, porque en el fondo son muy pocos quienes están interesados en encontrarlas. Es que, si el hombre continúa siendo un lobo para el hombre, tal vez lo más absurdo no sea intentar “salvar el mundo”, sino seguir engañándonos al creer que nosotros merecemos ser salvados. Para reflexionar.

Calificación final: ⭐️⭐️⭐️⭐️ 1/2

‘Digger’ llegó a los cines de todo el mundo el pasado 1 de octubre, cortesía de Warner Bros Pictures.

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