
Como cualquier éxito televisivo de su tiempo —véase ‘Betty la Fea‘ o ‘Jersey Shore‘—, ‘La Oficina‘, la serie que popularizó el mockumentary televisivo, ha extendido su influencia por todo el mundo a lo largo de los años mediante diversas adaptaciones y, más recientemente, el primer spin-off de la franquicia. Mientras el universo de la serie estadounidense continúa expandiéndose con ‘The Paper‘, una secuela centrada en un periódico local de Toledo, Ohio, esta semana Amazon Prime Video presenta una nueva reinterpretación del concepto: una versión mexicana desarrollada por Gaz Alazraki y Marcos Bucay, centrada en el espacio laboral mexicano.
Con sede en una empresa de jabones ubicada en Aguascalientes, ‘La oficina’ sigue los testimonios de los trabajadores de Jabones Olimpo, quienes deben sobrevivir tanto a la monotonía de la jornada laboral como a las ocurrencias de su jefe, el junior nepobaby Jerónimo Ponce III (Fernando Bonilla). En esencia, la base de esta serie no es muy distinta a lo visto en las versiones creadas por Ricky Gervais y Stephen Merchant, ni a la adaptación estadounidense de Greg Daniels: una comedia situacional que sucede alrededor de un espacio laboral con un uso atinado de humor incómodo y fuera de lugar.

El mayor problema de la serie es su aparente imposibilidad de escapar de la sombra de lo que vino anteriormente. Compartir la misma cara que una de las sitcoms más populares de los últimos años termina siendo tanto su carta de presentación como su principal obstáculo. La serie, por lo menos, debe tener un jefe que recuerda a las figuras de Michael Scott o David Brent, un romance de oficina evocativo de Tim y Dawn o Jim y Pam, así como la figura del lambiscón lamebotas que se cree el jefe, visto en versiones anteriores en Gareth y Dwight. Con estas ataduras, resulta difícil ver a esta nueva versión como algo más que una copia de lo que vino anteriormente.
Afortunadamente, el equipo creativo detrás del programa, así como el reparto que integra al resto de oficinistas, le dan validez a través de la integración de la identidad mexicana.
‘La oficina’ cobra una nueva vida a través de este nuevo contexto nacional. La integración de mexicanismos es, en gran medida, lo que ayuda a que esta nueva serie pierda esa sensación de estar ante un simple refrito. En un principio, podrían sentirse como menciones superficiales o elementos que solo están de adorno para que el espectador reconozca algo familiar y señale la pantalla con un “ey, yo conozco eso”. Pero conforme la serie avanza —tuve la oportunidad de ver los primeros tres episodios— esta identidad nacional deja de ser un mero referente y comienza a convertirse en parte del ADN de la serie, todo esto a partir de sus idiosincrasias laborales y su sentido del humor.
Es así como pasamos de tramas un poco más generales —que aún se sienten derivativas de lo visto anteriormente, como Jero intentando ocultar que la oficina no pasó una certificación— a situaciones mucho más específicas de su propio contexto, como cuando el junior intenta hacer que la oficina vaya a un bar llamado “La Calidita” para salir en una revista de vanidades. De hecho, es gracias a este jefe, el sumo protagonista de la serie, que la serie logra encontrar un punto de convergencia del cual sostenerse.

Fernando Bonilla se lleva los reflectores de la misma manera que Ricky Gervais y Steve Carrell lo hicieron con sus respectivos jefes fuera de control. Bonilla aprovecha la oportunidad para convertir a Jerónimo Ponce III en una versión muy específica de ese arquetipo: un jefe impregnado de ese machismo, racismo e impotencia que solo un whitexican corporativo podría. Insultos, comentarios fuera de lugar, ínfulas de ser el mero mero y la soberbia de alguien que sabe que es intocable son las características principales del personaje. Pero la manera en la que tanto la serie como el actor logran balancear el acto entre comedia y vulnerabilidad, en especial durante el tercer capítulo, da en el clavo con el espíritu que la serie quiere transmitir.
En esencia, el mayor reto por ahora sigue siendo distinguirse de lo que vino antes. Al momento, la serie ha sabido distinguir al reparto de fondo con algunas características específicas de la nación: la que vende cosas en el trabajo, el líder de edecanes o el viejo que no pierde oportunidad de comentar que todo estaba en tiempos de José López Portillo. El camino más complicado recae en los protagonistas secundarios: Sofi (Elena del Río), Memo (Fabrizio Santini) y Aniv (Edgar Villa), quienes inevitablemente ocupan el espacio que en versiones anteriores pertenecía a Pam Beesly, Jim Halpert y Dwight Schrute. Afortunadamente, Villa tiene suficiente material para distanciarse de su contraparte estadounidense y, aunque del Río y Santini tienen buena química entre sí, uno no deja de pensar en Jim y Pam cuando estos dos interactúan.
Todavía hay esperanza para que ‘La oficina’ pueda mantenerse de pie por sí sola; los primeros tres episodios fueron muy prometedores y se siente como el parteaguas de una visión mucho más comprometida con la originalidad y el humor que se encuentra en tierras mexicanas.
‘La oficina’ es una grata sorpresa para cualquiera que no tenía fe en el proyecto. Su sentido del humor y sus ocurrencias se sienten frescas sin asemejarse tanto al pasado de la serie. A pesar de tener un reparto fuerte, las flaquezas de la serie recaen en los papeles que algunos actores tienen que replicar, sin el material suficiente para hacerse resaltar. Sin embargo, es Fernando Bonilla quien sobresale como la nueva cara de esta serie, un nuevo jefe detestable, gracioso y entrañable para el público mexicano, siendo él el reflejo de la serie que Gaz Alazraki y Marcos Bucay buscan construir.
